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  • Por Diego M. Vidal

¿Qué bolá con Cuba?


La visita del Presidente de Estados Unidos a Cuba ha marcado un antes y un después en la compleja relación que tienen históricamente los dos países, aunque después que el Air Force One despeguara del aeropuerto José Martí el cincuentenario bloqueo continúe intacto.

Para muchos, dentro y fuera de la isla, ha generado entusiasmo el paseo de Barack Obama por las calles de La Habana y esperan que el porvenir llegue iluminado por los neones de las grandes cadenas de hamburgueserías y cafeterías. Otros, más del llano, desean que la realidad apriete un poco menos y el día a día no sea una lucha constante de supervivencia. Los cubanos, sobre todo, son así: sin término medio. “Unos festejan sus millones, otros la camisita limpia y hay quien no sabe qué es brindar”, canta Silvio Rodríguez en síntesis apretada de lo que anhela cada cual.

Lo venturoso del hecho es que no hubo dobleces ni discursos bonitos para halagar por parte del visitante, tampoco el anfitrión ocultó sus cuestiones detrás de floridas palabras sino en verdades que cada quien dijo en la cara del otro y delante del mundo.

Hay los que se rasgan las vestiduras en pos de un principismo de manual, detrás de la distancia que hace más fácil la diatriba o el halago desmesurado, dos posturas que se sostienen en argumentos débiles. Algunos hubiesen querido que Obama ni pisara suelo habanero con Fidel y Raúl vivos, de mínima que los humillara ante la prensa internacional ávida de títulos que conlleven claudicaciones y siempre lista a enviar valientes reporteros que levantan el dedo admonitorio y exigen, por caso, la libertad de presos políticos sin dar identidad de la víctima para que quede flotando la idea que todo el territorio insular es una gran celda. Por la parte de aquellos defensores de la causa revolucionaria, al borde del purismo más infantil, lamentan que la enseña de barras y estrellas ondee en territorio libre de su influencia y aseguran que el caos sobrevendrá sobre Cuba para arrastrarla a las fauces del capitalismo más salvaje. Estos inspectores de revoluciones prefieren la inmolación de una nación entera, bajo fuego de metralla o por inanición consecuente del hambre y así sostener sus certezas. Para ellos el Che es más útil impreso que vivo, quizás.

En todo caso, si se anduvo por la tierra mambí de a pie y entre la pelea cotidiana, principalmente en los duros años 90 del siglo XX, se dará cuenta que Cuba ha cambiado mucho desde entonces. Es más, de lo que va del XXI esos cambios se han acentuado y la velocidad de éstos se ha dado más por necesidad de la sociedad que por directrices del gobierno. Aunque los nuevos prósperos negocios se desarrollan lentamente por falta de recursos e insumos, que siguen ligados a medidas coercitivas externas y un poco también, es justo decirlo, a la desidia e inoperancia que engordan la corruptela.

Para acelerar y conducir las transformaciones económicas, los hábitos sociales y el progreso de los cubanos, mucho puede servir la presencia del residente de la Casa Blanca. Siempre que se guarde el recetario de verdades y le explique a los “halcones” de su Congreso, que se han equivocado. Igual se oyen ruidos y gruñidos de reprobación desde el Capitolio y más allá.

Sin embargo, la presencia, los gestos y hasta la sonrisa de Obama junto a un relajado Raúl Castro, dieron la impresión que esto es un respiro que ambos se han tomado sin resignar posiciones. Es cierto que si se juzga un derrotado, al menos un revés, Washington queda en evidencia pues en 55 años de ahogo económico y sabotajes varios, la revolución sobrevive con un Castro en el poder y sin revueltas sangrientas, ni “primaveras” naranjas o amarillas. ¿Que hay problemas? Sin dudas. ¿Quejas en la población, críticas y algún connato de protestas? Imposible ocultarlo. Pero la historia de la Mayor de las Antillas está salpicada de rebeldía, inconformismos, luchas y revueltas más o menos violentas. El cubano es rebelde por mandato de tradición, así que en tantos años de penurias bien podría haberse levantado y sacudido de encima a los triunfadores de 1959. Si no lo ha hecho es porque tiene bien claro que es soberanía del pueblo decidir su camino al futuro, que nadie de “allá afuera”, como suelen señalar, puede hacerlo por ellos, y para eso no hacía falta que el primer mandatario afroamericano estadounidense se los dijera a los pies de Martí.


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