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  • Por Diego M. Vidal

En Brasil pocos saben qué se siente


“Como beber dessa bebida amarga.

Tragar a dor, engolir a labuta

Mesmo calada a boca, resta o peito

Silêncio na cidade não se escuta

De que me vale ser filho da santa

Melhor seria ser filho da outra

Outra realidade menos morta

Tanta mentira, tanta força bruta”

Cálice - Chico Buarque

La suspensión de Dilma Rousseff de la Presidencia del Brasil, por parte del Senado y mientras se le sustancia un juicio político por cuestiones contables que nunca afectaron el erario público ni a la economía, suena a cuento del realismo mágico latinoamericano pero es la dura realidad de la que nadie parece hacerse cargo.

Los brasileños en su mayoría viven las circunstancias del golpe mediático-legislativo, con una ajenidad preocupante. Como si esto sucediese en otra dimensión que no los alcanza en lo cotidiano y tampoco logren ver que las consecuencias también recaerán sobre ellos.

Salvo las organizaciones sociales, partidos de izquierda y algunos sindicatos con el músculo ejercido de las movilizaciones han salido a poner la cara frente a esta derecha desatada con sed de odio y venganza de clase, por haber perdido el privilegio (no posición económica, ni poder) de ser los únicos que pueden disfrutar de las riquezas que este enorme país produce. Los 54,5 millones de votantes de Dilma están ausentes de las calles, tampoco en una resistencia silenciosa que podría ser dejar de consumir en las grandes cadenas, no pagar impuestos, renunciar a ser bombardeados día y noche por los medios de comunicación que sólo han sembrado venenosa información servida por jueces y fiscales tan corruptos como los propios políticos y empresarios que son mostrados en flagrante impunidad.

¿Por qué las centrales de trabajadores no han convocado a un paro general por tiempo indeterminado desde que se conoció el voto del último senador, que apartó a la presidenta electa por voluntad popular en octubre del 2014? ¿Dónde estaban los militantes del Partido de los Trabalhadores, en tanto la conspiración se sustanciaba a cielo abierto?

Es cierto que los sindicatos y el Movimiento de los Trabajadores sin Tierra, entre otras organizaciones sociales, tuvieron una relación más bien tirante con los gobiernos petistas que muchas veces los ningunearon en sus reivindicaciones. Por caso, los campesinos jamás obtuvieron la reforma agraria integral para recuperar las cientos de miles de hectáreas en manos de usurpadores del agronegocio, que insisten en arrasar los bosques para tener más territorio que sembrar soja, aún cuando el 70% de lo que comen los brasileños proviene de la agricultura familiar. A esto debería agregarse los errores propios de Dilma, al optar por la agenda de la oposición en política económica y así contradecir lo hecho en los 11 años anteriores.

Quizás el letargo, la indiferencia y cierta bronca justificada contra la dirigencia política en general que vive muy alejada de la realidad diaria de las grandes mayoría, se conmueva a medida que la crisis avance, se profundice e intente empujar a Brasil hacia el retorno a un pasado de injusticia social, racial y dividido en dos: los pocos que tienen mucho y millones nada, ni futuro.


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