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  • Por Diego M. Vidal

Brasil, país tropical


Arde Brasil.

Miles de colegios secundarios fueron ocupados por los estudiantes y aunque algunas debieron retomar sus actividades mediante intervenciones judiciales o policial directa como en la escuela del Movimiento Sin Tierra en San Pablo, cerca de 400 y 186 universidades de todo el país están bajo control de los alumnos. Las protestas fueron motorizadas por el proyecto de enmienda constitucional (PEC 241/55) enviada al Congreso por el gobierno de Michel Temer, donde se propone congelar por 20 años los gastos presupuestarios y recortar severamente el dinero del Estado destinado a educación y salud.

Los sindicatos también dan pelea y en varios municipios los docentes están en huelga. Pero a pesar de la estigmatización mediática por los días perdidos de clases, muchos padres se solidarizan con los reclamos e incluso realizan colectas callejeras para ayudar a los maestros.

En tanto comienzan a movilizarse los partidos de izquierda, organizaciones sociales y diversos grupos políticos que se oponen al ilegítimo gobierno surgido del golpe parlamentario contra Dilma Rousseff, la economía se deteriora, baja el consumo en comercios y servicios y el Real pierde valor frente al dólar estadounidense que cotizó un 9% más que la moneda brasileña en sólo una semana. La recesión se acentúa y el Fondo Monetario Nacional presiona por más ajustes y recortes fiscales, con una receta que toda la región ya conoce y cuyo resultado ha sufrido a comienzos de este Siglo.

Todo un panorama desolador que enciende las alarmas de muchos dirigentes oficialistas, quienes buscan de alguna manera desplazar al actual Jefe de Estado antes de que concluya su mandato en el 2018. Por estas horas, tanto en el Parlamento como en los despachos de la Justicia, se buscan fórmulas para un golpe dentro del golpe y hacen fila a los codazos los autopropuestos sucesores. Mientras los grandes medios de comunicación se empeñan en titular un día sí y otro también, con supuestas pruebas de corrupción contra Lula Da Silva. Desde la reparación del estadio de fútbol del Corinthians (sede el Mundial 2014 y por la que aún se adeudan 900 millones de reales), como regalo para el ex presidente, o la piscina del Palacio de la Alborada (residencia presidencial) en contrapartida por jugosos contratos de obra pública. La prensa se desliza así por la cuesta del ridículo al intentar tapar con denuncias sin sustento ni lógica, como aquel bote de 1.500 reales que Lula le había regalado a sus nietos pero que O Globo insistió en valuar en millones.

¿Será que Lula Da Silva encabeza todas las encuestas como favorito para las próximas elecciones, lo que conlleva tanta persecución? ¿Acaso alcanzan las acusaciones infundadas o no, para que el brasileño se olvide de que la canasta básica está cada vez más lejos de su alcance, aumenta el transporte público (que continúa siendo caro y pésimo como en el 2013, cuando comenzaron las masivas movilizaciones de protestas) y los combustibles? ¿Dónde están los ciudadanos de la clase media indignados, que pedían a cacerolazo limpio el fin de la corrupción ahora que en cada delación de los ya detenidos y condenados en las diversas causas abiertas, salpican a todo el arco político y, sobre todo, a los que llevaron a Temer al poder e incluso él mismo también está sucio? ¿Pueden ocultar la entrega del patrimonio petrolero, cuyas regalías Rousseff había anunciado iban a engrosar los presupuesto de Educación y Salud, pero ahora quedarán en manos de las multinacionales? ¿Saldrán indemnes de haber silenciado el Día Nacional de la Huelga, ocurrido el pasado día 11 de noviembre, que afectó a Brasilia y 21 estados más de Brasil?

Una sola certeza comienza a mezclarse con los aires calurosos que asoman en el horizonte del gigante sudamericano: la apatía general registradas en las últimas elecciones municipales no tiene correlato con la rendición. El pueblo está de nuevo en las calles y el tropicalismo nacional parece reemplazado por el ímpetu de aquellos que ven perder sus derechos y conquistas, en manos de personeros de un neoliberalismo revanchista que regresó para acabar con todos los avances de estos últimos 14 años.


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